Conversación con John Stott

La Biblia: El libro que no tiene competencia
Peregrinaje de John Stott

Presentación

En febrero de 1996, nos encontramos con Jorge Atiencia en La Habana para acompañar a John Stott en su visita ministerial a Cuba. Al recibirlo en el aeropuerto, no imaginamos la sorpresa que nos esperaba: ninguno, incluido John, tenía una visa que nos permitiera hablar en público. Habíamos esperado tanto, especialmente el mismo John, la oportunidad de ministrar en Cuba. Ahora, estando en la Isla luego de atravesar el Atlántico, él no tenía permiso ni para hablar a un grupo reunido en una casa.

Al día siguiente John nos propuso unirnos en clamor ante Dios para intentar luego tocar algunas puertas. La primera no se abrió, pero al salir de esa dependencia nos encontramos con un hermano muy sencillo que barría el local. Al enterarse de nuestra situación nos aseguró que Dios sí nos concedía el permiso, porque Él era el único que los daba tanto en Cuba como en todo el mundo. Y no le faltó razón, pues después de tres horas nuestros hermanos de Koinonía (el ministerio estudiantil en Cuba) nos comunicaron que el permiso había sido concedido… ¿cómo?… ¿por qué?… no lo entendimos. Lo único que sabemos es que Dios contestó nuestra oración y que aquel hermano sencillo nos habló en su nombre.

De este modo  —y en las dos semanas posteriores— conocimos más de la vida de John, ese gran hombre de Dios. Pudimos descubrirlo más allá de sus libros o sus conferencias: en su anhelo ferviente por compartir la Palabra, en su serenidad a pesar de la frustración, en su oído atento, en su extremada sencillez y su tremenda fe para creer que Dios no lo había llevado hasta allá para nada. Vimos su humildad a flor de piel, pues estuvo dispuesto a hablar de persona a persona, a pesar de que suele dirigirse en auditorios numerosos y muchas veces eruditos.

Así es John, el «Tío Juan», como le gusta que lo llamemos. Es autor de obras inolvidables: Creer también es pensar, Cristianismo Básico, Cómo comprender la Biblia, Contracultura cristiana, La Cruz de Cristo, El cristiano contemporáneo, entre muchas obras más. Asimismo, es un expositor impecable de la Palabra de Dios, no sólo por su cuidadoso uso del idioma, sino también por su claridad expresada en bosquejos sumamente didácticos y, sobre todo, por su laboriosa búsqueda de fidelidad al texto bíblico.

Por todo ello, deseamos compartirlo con las nuevas generaciones. No queremos que se pierdan la oportunidad de entrar en contacto con este siervo de Dios. John Stott es un caballero inglés que ama los pájaros;  usa ternos de segunda mano; comparte las regalías de sus libros con los necesitados; vive en un departamento modestísimo en Londres y, a pesar de haber podido casarse, optó por la soltería por causa del ministerio. Definitivamente, su estilo sencillo de vida proclama a viva voz las hermosas y desafiantes verdades que a lo largo de sus casi 80 años se ha empeñado en compartir. Es, entonces, un verdadero honor presentar esta entrevista, cuyas preguntas las preparamos juntamente con Jorge Atiencia. Y al hacerlo no puedo dejar de referir una curiosa anécdota. Cuando le pedí que nos concediera esta entrevista, luego de un momento de quedarse mirándome, dijo: «Eres como la reina Isabel, tus deseos son órdenes para mí». Es que para él hablar de la reina Isabel no es sólo una metáfora, ya que es capellán vitalicio de la familia real en Inglaterra. De modo que aquí nos mostró otro ángulo: su permanente disposición al servicio y… ¡su gran sentido del humor!

Estas reflexiones del «tío Juan» reflejan, pues, un largo y profundo caminar con Dios y su Palabra. Las entregamos con la expectativa de aquel que sabe que comparte un buen fruto: sabroso al paladar y nutriente para todo el cuerpo.

Angelit Guzmán de Meza
Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos
Lima, marzo de 1997

 

¿Qué es la Biblia para usted hoy?

Ésta es una buena pregunta, porque combina el solicitar una definición: «¿Qué es la Biblia?», con una referencia a su impacto personal: «para usted hoy». Estoy convencido de que la Escritura es tanto «inspirada por Dios» (que se origina en él) como útil (valiosa para nosotros), según lo aclara 2 Timoteo 3.16. Esta es la razón por la que siempre debemos mantener unidas tanto la autoridad como la interpretación de la Biblia. Muy poco es el valor que tiene una Biblia autoritativa que no podemos entender. Lo mismo ocurre con una Biblia inteligible que carece de autoridad. Necesitamos, entonces, una Biblia que sea tanto inteligible como autoritativa. Así que mi preocupación personal es permitir que Dios me confronte y que yo escuche su Palabra con humildad. Hay un lugar para «vigilar» la escritura, para estudiarla y esclarecerla, pero es aún más importante «ponerse debajo» de la Escritura, y recibir con mansedumbre lo que ella —o más bien él— tiene que decirnos. El texto debe ser a la vez sujeto y objeto. De modo que diariamente busco humillarme delante de la Escritura, clamando a Dios para que me hable a través de ella y para que me dé la gracia para entender, creer y obedecer.

 

¿Cómo nació y se desarrolló en usted esta vocación por la Palabra?

Comenzó con mi madre. Ella había sido criada en un hogar luterano muy piadoso, y nos enseñó a mis hermanas y a mí a leer un fragmento de la Biblia a diario. Continué con esta disciplina por amor a ella y como rutina para nosotros, pero sin entender lo que estaba leyendo. Sólo después de mi conversión a los diecisiete años, es cuando la Biblia comienza a tener sentido para mí. Posteriormente, el reverendo E. J. H. Nash, quien me llevó a Cristo, siguió alentándome en esta disciplina y me transmitió algo de su propio amor por la Biblia. Encontré un gozo y un deleite cada vez mayores en ella, de acuerdo con las palabras en el Salmo 119. Se convirtió en mi comida y bebida diarios. El señor Nash también me dio la oportunidad de exponer la Palabra en campamentos o en fiestas caseras que él organizaba para los jóvenes. Anhelaba ayudar a otras personas a descubrir las verdades de la salvación en la Palabra de Dios, las cuales habían sido inalcanzables para mí durante tanto tiempo.

 

¿Cuál es el proceso hermeneútico que usted utiliza ahora?

Comienza con el reconocimiento fundamental de que se abre un ancho y profundo abismo entre el mundo bíblico, en el que Dios hablaba, y el mundo moderno ,en el que nosotros escuchamos. Este mar representa dos mil años de cultura cambiante. Por lo tanto, la hermenéutica es un ejercicio que construye puentes que permiten al mundo antiguo alcanzar y dirigirse al mundo contemporáneo. Para que esto sea posible, tenemos que estudiar ambos extremos del abismo— es decir, ambos mundos. Así, cuanto más lleguemos a comprender las realidades de ambos mundos, tanto más se acercarán el uno al otro, y cada vez será más fácil, haciendo un cambio a la metáfora, «que la chispita salte de un polo a otro». Una de las principales razones para esto es que nuestra humanidad continúa siendo esencialmente la misma, aun cuando nuestras culturas puedan variar.

Para ser más claro, encontré de mucha utilidad hacerme dos preguntas para cada texto bíblico, y hacerlas en el orden correcto. Primero, «¿qué significaba?»; segundo, «¿qué dice?». La primera pregunta podría replantearse como «¿qué significa?», porque el significado de un texto no cambia con los años o a través de los siglos— sigue teniendo el significado que originalmente tuvo. Pues el significado de un texto ha sido determinado y establecido por el autor y no por los lectores. («Un texto quiere decir lo que su autor quiso decir», escribió E. D. Hirsh). Es aquí donde estamos en desacuerdo con Bultmann y otros existencialistas cristianos. Ellos afirman que «un texto quiere decir lo que significa para mí, y lo que significa para ti puede ser algo totalmente distinto». De hecho, los departamentos de Literatura de las universidades de hoy declaran que un texto puede tener «un número infinito de interpretaciones». Nosotros no estamos de acuerdo con esto. Puede que tenga un número infinito de aplicaciones, pero no un número infinito de interpretaciones. Por el contrario, solamente tiene un solo significado, como lo estableció su autor. Este hecho necesita de la integridad de la «exégesis gramático-histórica». Es decir, tenemos que trasladar nuestro pensamiento a la historia, a la geografía, a la cultura y al idioma del autor, para comprenderlo desde el interior de su propio contexto. Sólo entonces estamos listos para hacer la segunda pregunta (¿qué dice?) y, así, trasladarnos del significado original al mensaje contemporáneo.

Si nos preguntamos lo que significa, o lo que significaba, sin avanzar hacia lo que dice, cometemos el error de convertirnos en unos anticuarios que no relacionan el mensaje con la realidad presente. Si, por otro lado, nos preguntamos lo que dice hoy, sin primero aceptar la disciplina de descubrir lo que significa y lo que significaba, caemos en el existencialismo, que no relaciona el mensaje con la realidad pasada. Sólo la reflexión profunda y prolongada llevará a ambos contextos hacia una interacción creativa entre el pasado y el presente, entre lo original y lo contemporáneo, entre Dios y nosotros.

 

¿Quiénes han sido sus modelos?

Algunos han sido modelos negativos, que, al leer o escuchar sus escritos, provocaron en mí la reacción de «no estoy de acuerdo con usted, usted está distorsionando la Escritura». En esos casos, he determinado desarrollar una integridad y una fidelidad más completas. Algunos de estos modelos negativos han sido ecuménicos. Un ejemplo notorio fue el texto elegido para la 4ª Asamblea del Concilio Mundial de Iglesias en Upsala (1968), el cual fue: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21.5, Versión Popular). Esto se aplicó a movimientos revolucionarios contemporáneos, sin reparar que en el original es una afirmación escatológica. Pero otros modelos negativos han sido evangélicos, como por ejemplo cuando el expositor tiene un sistema doctrinal o ético específico que está determinado a encontrar en la Escritura y así lo impone.

En cuanto a modelos positivos, en primer lugar tengo por ejemplo a Charles Simeon, de Cambridge. A principios del siglo XIX dijo: «Mi empeño es sacar de la Escritura lo que allí se encuentra, y no imponer lo que yo crea que allí se encuentra». Y advirtió: «Cuidado con los que sistematizan la religión». En medio de la época más amarga de la controversia calvinista-arminiana, insistió tanto en la soberanía divina como en la responsabilidad humana, regocijándose en ambos aspectos de la verdad bíblica, aun cuando no podía reconciliarlos. Debo también añadir al obispo J.C. Ryle, cuyas exposiciones llenas de sentido común, sencillas y vigorosas, confirmaron mi decisión de buscar el significado natural y obvio de cada texto. Asimismo, debo nombrar al Dr. Martyn Lloyd-Jones, quien enfatizó el contexto bíblico de cada texto, de tal manera que invertía el primer cuarto de hora de cada sermón haciendo un resumen de lo que había pasado antes de lo referido en el texto bíblico materia de su sermón.

 

¿Ha experimentado usted una evolución en su enfoque hermenéutico?

Si por «evolución» usted quiere decir un desarrollo ordenado y gradual, creo que mi respuesta debe ser «no». Por supuesto, reconozco que ha habido un desarrollo y, de hecho, mucho enriquecimiento. Tal vez, el más importante haya sido el reconocer el lugar inevitable que las culturas tienen en la hermenéutica, tanto en los autores como en los lectores de la Biblia.

Primero, todos los lectores de la Biblia —de hecho, todos los seres humanos— son criaturas culturizadas. Es decir, son el producto y, por lo tanto, prisioneros de su cultura en particular. Todos hemos recibido nuestra herencia cultural junto con la leche de nuestra madre. En consecuencia, estamos en peligro de leer la escritura con ojos culturales, interpretándola con las presuposiciones, las preguntas y las agendas que nuestra cultura nos ha dado. Pero puede que la agenda de Dios sea totalmente diferente. Entonces, nuestras defensas culturales pueden impedirnos oír el «trueno de la Palabra de Dios». Todo lo que escuchemos de la Escritura pueden ser los ecos reconfortantes de nuestros propios prejuicios culturales.

En segundo lugar, todos los autores bíblicos también fueron criaturas culturizadas. Dios eligió hablarles a ellos y hablar a través de ellos dentro de su propio medio cultural. Ni una sola de las palabras de Dios fue dicha dentro de un vacío cultural. Nuestra renuencia evangélica a aceptar esta verdad surge de un temor natural de estarle quitando autoridad a la Biblia al admitir que ésta está condicionada culturalmente. Pero esto no es así. De manera enfática, debo decir que no significa que tenemos la libertad de rechazar cualquier enseñanza simplemente porque ésta fue dada en términos culturales específicos. Lo que significa es que debemos aprender la práctica de la trasposición cultural, identificando primero la esencia de lo que Dios está diciendo en un pasaje en particular, a fin de preservarlo, y, luego, transportarlo de su escenario cultural original a un contemporáneo (1).

Por ejemplo, no estamos en la obligación de lavarnos los pies unos a otros — una práctica cultural obsoleta en muchos lugares hoy en día. Pero debemos tomar el mandamiento esencial de expresar nuestro amor mutuo por medio del servicio más humilde y transportarlo a nuestra cultura. Por ejemplo, lavar platos, limpiar baños, o atender a quienes llegan a casa.

 

¿Cuáles son sus luchas y sufrimientos mayores durante el proceso hermenéutico?

Todo estudio incluye lucha, si hemos de mantener nuestra integridad. Yo lo llamo el «dolor en la mente». Involucra el desafío de, o enterrar un problema al que nos enfrentamos y que no podemos resolver de inmediato, o de una salida para el mismo. También es doloroso leer libros con los que no estamos de acuerdo y que, por lo tanto, no deseamos leer. Más, si vamos a enfrascarnos en el debate por la verdad, no podemos oponernos a otra opinión sin primero tener la cortesía de escuchar con atención los argumentos de su exponente hasta que los comprendamos de verdad, para no caricaturizarlos. De manera más particular, existe dolor siempre que nos encontramos en la obligación de renunciar a la interpretación tradicional evangélica que habíamos adoptado anteriormente, pero que ya no la encontramos bíblica y, por lo tanto, sostenible. La marca de un evangélico auténtico no es seguir repitiendo viejos lemas y viejas tradiciones sin un reexamen crítico, sino más bien estar dispuesto a someter todas las tradiciones al escrutinio bíblico crítico. Por supuesto, los evangélicos siempre hemos insistido en la supremacía de la Escritura sobre la tradición; ¡pero algunas veces hemos hecho excepciones en esta disciplina de reexaminar las tradiciones de los ancianos evangélicos!

 

¿Cuál es la parte que disfruta más en el proceso hermenéutico?

En parte, es el descubrimiento de la luz fresca sobre una verdad antigua, cuando el Espíritu Santo ilumina nuestras mentes para captarla. Entonces, al igual que con los discípulos de Emaús, cuando Cristo abre las Escrituras para nosotros, nuestro corazón arde dentro de nosotros (Lucas 24.32). Nada hace que nuestro corazón arda más que el ver la verdad de una manera nueva. Pero creo que también es la creciente convicción de la relevancia de un libro antiguo en el mundo moderno. Recuerdo que estuve intentando exponer en Londres, semana a semana, y durante varios meses, el libro de Gálatas. Esta exposición posteriormente se convirtió en el primer volumen de la serie La Biblia habla hoy. Durante esa época me la pasé diciéndome a mí mismo: aquí estamos, una congregación de personas educadas y sofisticadas, la mayoría de ellos estudiantes y profesionales, encontrando semana a semana que vale la pena reunirse para el estudio cuidadoso y sistemático de una cartita del primer siglo, escrita por un judío pequeño y poco atractivo, dirigida a pequeñas comunidades cristianas ubicadas en los Montes de Tauro (actualmente en Turquía), y encontrando que su contenido tiene relevancia directa con los londineneses del siglo XX. ¡Realmente extraordinario! Ningún otro documento antiguo puede competir con esto.

 

Si usted abriera un centro de estudios, ¿qué elementos hermenéuticos incluiría?

Bueno, algunos amigos y yo hemos abierto un centro de estudios en 1982. Se llama El Instituto de Cristianismo Contemporáneo, y su nombre indica cuál era nuestro énfasis principal. Con «cristianismo contemporáneo», no nos referíamos a una nueva marca de cristianismo que estuviéramos ocupados en inventar; sino más bien a un cristianismo histórico, ortodoxo y bíblico sensiblemente relacionado con el mundo moderno. Ofrecemos conferencias simples y cursillos de aprendizaje, hasta seminarios de una semana de duración y escuelas de verano. Nuestro curso más largo dura diez semanas y se llama «El cristiano en el mundo moderno». Comienza cada año con una serie concentrada, de una semana de duración, sobre la autoridad y la interpretación de la Escritura. El resto del curso devela las diversas influencias que han dado forma al mundo moderno y cómo debemos desarrollar nuestra crítica bíblica de las mismas. Un aspecto particularmente valioso de este curso es su naturaleza multicultural. Por lo general, hay una asistencia de aproximadamente cincuenta estudiantes, la mayoría de los cuales ya se ha graduado en cursos alejados de la teología, y que ha venido desde Europa, África, Asia, Australia, Norteamérica y América Latina. Es inmensamente enriquecedor desarrollar amistades transculturales, llegar a ser más críticos de nuestra propia herencia cultural y comenzar a ver cosas a través de los ojos de otras culturas.

 

¿Qué mensaje tiene usted para la nueva generación?

Hoy en día está de moda rechazar la Ilustración, pero no es sabio hacer una condena indiscriminada. Nuestra crítica cristiana de la Ilustración se relaciona particularmente con su proclamación de la autonomía de la mente humana y de prescindir de la revelación. El antiintelectualismo, tan común hoy en día, es algo negativo y estéril. No dudo en declararlo como algo pecaminoso, y en añadir que éste y el Espíritu Santo son mutuamente incompatibles. La razón por la que me atrevo a decir esto, es que el Espíritu con el que deseamos, o que afirmamos, ser llenos es el «Espíritu de la Verdad». Éste era el título favorito que Jesús se daba a sí mismo. Así que, dondequiera que él esté a cargo, la verdad es lo que importa. Por lo tanto, necesitamos arrepentirnos de toda flojera intelectual, pues deshonra a nuestro Creador, inhibe nuestro crecimiento espiritual y debilita nuestro testimonio cristiano.

El postmodernismo es un desafío mayor y contemporáneo para la Iglesia. Es un asalto deliberado a la cultura y a la ciencia de la Ilustración, y declara que toda la verdad es culturalmente creada y puramente subjetiva, de tal manera que cualquiera tiene su propia verdad. Tenemos que rechazar esto también. Nuestras convicciones acerca de la revelación divina conllevan a la confianza aún mayor en que hay algo que es verdad, y que estamos llamados a confesarla, a defenderla y a comunicarla. No es que seamos sólo «mente» y no «corazón». Algunas veces digo que el Instituto de Cristianismo Contemporáneo no está en el negocio de la cría de renacuajos, que son pequeñas criaturas con grandes cabezas y casi nada más además de eso. ¡Y conozco a algunos renacuajos cristianos! Sus cabezas están repletas de buena teología, pero eso es todo. ¡No! Queremos ser cristianos verdaderamente integrados, con nuestra mente, nuestras emociones, nuestra conciencia, nuestra sexualidad bajo el señorío soberano de Jesucristo. En especial, necesitamos aprender tanto a pensar con claridad como a sentir con profundidad.

 

Notas:
(1) Una explicación más detallada de la «transposición cultural» la encontramos en su libro El cristiano contemporáneo (Nueva Creación, Buenos Aires, 1995, pp. 188,189): «…el procedimiento consiste en identificar la revelación esencial en el texto (lo que Dios dice de él), separarla de la forma cultural en la que eligió expresarla, y, luego, volver a expresarla en apropiados términos culturales modernos. «Transposición» es un término adecuado para esta práctica. En el contexto musical, trasponer una pieza musical es adaptarla a otra clave, distinta de aquella en la que fue originalmente escrita. Trasponer un texto bíblico es insertarlo en una cultura diferente de aquella en la que fue dado originalmente. En la trasposición musical la melodía y la armonización se mantienen sin cambio; sólo la clave es diferente. En la trasposición bíblica, la doctrina de la revelación se mantiene; sólo se cambia la expresión cultural».